Era el más lúgubre de los días de noviembre. El único punto luminoso era un zumaque carmesí que desplegaba su magnífico follaje contra el gris aguado del cielo y el fondo brumoso de los campos ocultos por la niebla. Era un día que hacía que las cargas de la vida parecieran más pesadas de lo que realmente eran, y que hacía que el corazón añorara el sol del desaparecido verano.
La escena estaba tan inmóvil como la muerte. No había viento suficiente para levantar los pálidos vapores que se cernían sobre los prados. Ninguna brisa bondadosa se acercaba a las pobres hojas marrones, amontonadas en el borde del camino, y las llevaba a huecos tranquilos donde pudieran tener un entierro decente. Mejor la lluvia y la tempestad que una calma tan lúgubre como ésta; y mejor el rugido y el traqueteo del tren que el pesado trote de los caballos del transportista y el estruendo de su vagón.